El previo
Son las siete de la mañana, todos los periodistas llegamos ansiosos a la iglesia central de Atlixco, Puebla. Por algunas rendijas y entre los árboles, podemos ver a algunos de los pecadores que se alistan en el atrio de la iglesia.
¿Podemos pasar a tomarles fotos? Pregunta al sacristán uno de los compañeros fotógrafos: “No, no; se están alistando, todavía no tienen puestas sus capuchas, no quieren que les vean el rostro”. Con desánimo decidimos esperarnos.
Mientras tanto, van llegando más curiosos y por supuesto, más fieles. A lo lejos se escuchan las cadenas golpeando el suelo, algunos de los pecadores suelen quejarse del peso.
Flacos, gordos, jóvenes, viejos y algunas mujeres. Todos dispuestos a pagar la pena con tal de curar por sus malas acciones.
Los periodistas
Son las 8 am., los rayos del sol pegan de lado, la frescura de la mañana todavía se siente. “Pueden pasar a tomar sus placas, jóvenes”, dice el encarado del orden. Ansioso, cerca de 15 fotoperiodistas corremos a ganar lugar para tomar fotos, como si fuéramos niños saliendo de la escuela.
Nos dan unos 15 minutos para hacer las fotos previas al recorrido. De la iglesia del centro, iremos a la que está a la cima de la montaña.

Engrillados de Atlixco, Puebla. Durante la peregrinación del Viernes Santo. //Foto: Juan Carlos Sánchez Díaz
En el camino
Las calles son cerradas y custodiadas por la policía, desde sus balcones los vecinos observan el peregrinar, en el centro de la cinta asfáltica verdaderas obras de arte hechas con pétalos de flores descansan. Hay que tener cuidado con no pisarlas, entre la gran cantidad de asistentes y los engrillados, los fotógrafos no nos podemos acomodar para no arruinar el paisaje.
Piden agua, se clavan más espinas, aumentan el peso de grilletes y mientras tanto, se detienen para ser atendidos por sus familiares: “Espero que la virgencita me perdone”, reza uno de los engrillados.
Han aguantado la migración desde Puebla a Nueva York, es a donde los oriundos de esta tierra llegan al pasar el Río Bravo; para poder llegar deben hacer de todo: desde robar un pan hasta matar a alguien, lo importante es poder enviar dinero para mantener a la familia que se queda.
Después de subir cientos de metros en el cerro, se escuchan los cantos de bienvenida a la iglesia. El padre comienza la misa agradeciendo a los asistentes.
No se sabe cuándo acabará el recorrido, no se sabe cuándo empezó. Lo cierto es que después de hacerlo tienen oportunidad de volver a empezar.
Y el dinero…
Esta tradición se ha visto afectada para realizarla, ya no regresan tantos creyentes a curar sus pecados. Las familias que se dedican a hacer los cuadros de pétalos sobre las calles cada vez sacrifican más para poder llenar por lo menos 2 metros cuadrados, de todos modos, ya no son tan abundantes. Pero para el turista, aquel que se traslada de la capital del estado, sólo 15 minutos y 2 dólares de peaje los separan; para llevar a toda la familia, es un gasto que bienvale la pena.






